SOPLO DE VIDA

Por Camila Loboguerrero

Revista Cinemateca 

 No. 10, noviembre / enero, 2000

Bogotá, Colombia.


 

Enmarcada por el viaje de las cenizas de “La Golondrina” de regreso a su tierra, la película de los hermanos Ospina narra la historia de una hermosa niña, de ambigua inocencia, a través de su relación con los hombres. A partir de la muerte de la protagonista, una anodina ciudadana, se estructuran, a lo Kane, las diferentes y múltiples versiones que dan cuenta de su trágica existencia.

 

Para el narrador, un oscuro investigador de nombre Emerson Roque Fierro, la historia comienza cuando recoge, en una zona de nadie, a esta muchacha que se hace llamar Pilar y carece de pasado. Se casan y pronto ella se marcha con la disculpa de ir a visitar a su madre a Armero. El desencantado Bogart caleño la cree desaparecida bajo la avalancha del Ruiz.

 

Para su amante y protector, Medardo Ariza, ella es una muchachita, casi su hija, una cosita de su propiedad que tuvo la fortuna de seducir a su cuñado, un torero cobarde casado con su hermana Irene. Y como si fuera poco, la desgracia de convertirse en una amenaza de escándalo, indeseable para la campaña política de Ariza.

 

Para “el Mago”--- un ciego vendedor de lotería que sirve de informante---, “la Golondrina” es quien le permite disfrutar momentos maravillosos de éxtasis. Es la única persona dulce del entorno en que vive--- y donde se desarrolla toda la historia---: una sórdida zona del centro bogotano.

 

Para Irene, en cambio, ella es un estorbo en la felicidad de su hogar con José Luis y sus hijos. Y para el turbio detective Estupiñán es--- al igual que el boxeador “Martillo”, Jacinto “el travesti” y el torero--- una de las piezas que hay que quitar del medio en el rompecabezas de su oficio.

 

El pecado de “la Golondrina” es la posibilidad de convertirse en madre. Por ello es expulsada del Paraíso en una alucinante escena de autoflagelación, después de la cual Roque Fierro la rescata temporalmente. Sólo lo será por pocos días, pues prima en ella su castrado instinto maternal, que la hace convertirse en madre de todos los hombres que pasan por su sexo. “Todos los hombres son mis niños”, repite siempre desde su cama barata.

 

La trama está armada no tanto con personajes como con figuras arquetípicas: el cobarde, el corrupto, el amor ciego, la fuerza bruta, la hembra que defiende sus cachorros, el travesti... que actúan como piezas de un ajedrez diseñado con mentalidad de ingeniero.

 

Una construcción fría, inteligente y hermosa, producto de un guión premiado hace varios años y que, como todo thriller, tiene una visión masculina del mundo. Un universo donde las mujeres--- incluidos quienes ansían serlo--- son víctimas de sus amantes, de sus maridos o de sus hermanos. Quizás la única venganza posible para ellas sea la de regalar sus favores a cualquiera.

 

Ellas, interpretadas con gran talento por Flora Martínez, Constanza Duque y Robinson Díaz, son los personajes más trabajados y conmovedores de la cinta. Porque no solamente “la Golondrina” es, como su apodo, un pajarito inerme a quien le tuercen el cuello para que no cante su libertad de amar. También Irene es una patética vampiresa enjaulada por su hermano corrupto, tan solitaria, tan incomunicada, tan desperdiciada...

 

Merece especial atención la dirección de los actores. Como pocas veces en el cine nacional, sus actuaciones nada tienen que ver con las que vemos en la televisión: fascinan la expresión corporal y los tonos de Constanza Duque--- injerto de Lana Turner en Kim Novak---, y la frescura y naturalidad de Flora Martínez--- que nos recuerda a la Jean Seberg de Sin aliento--- o la afectación de Robinson Díaz--- homenaje a la Manuela de El lugar sin límites.


La fauna humana que recorre la película, plagada de gordos y de feos, y que haría las delicias de Arzuaga--- y por supuesto de Ripstein---, está complementada por una fotografía y una dirección de arte fina observación. Y es que esa estética popular, vetada por el glamour, lo light y la moda impuestos por los medios, es la expresión cultural más genuina de nuestra Latinoamérica. Las camas de la calle 23, las lámparas de los años 50, las colchas de peluche y los abrigos de piel sintética de leopardo, son el paisaje de nuestras ciudades. La urbe que está contada en Soplo de vida es La Ciudad Latinoamericana, desde sus mismas entrañas: es la Bogotá de Las Nieves, centro del centro del centro, plazuela tradicional de la iglesia donde se casaban nuestros padres cuando esta ciudad era una aldea tranquila, y no la jungla donde todos acechan el menor descuido del transeúnte para caerle encima. Es la ciudad inhóspita, de calles mal iluminadas, charcos sucios, muros descascarados y neones rotos. La pobreza y el hampa van de la mano, en el rebusque y la venta de cualquier baratija, empezando por la vida humana; es el lugar donde valores como amistad, solidaridad y generosidad son flores exóticas. En medio de este panorama, lo más importante de Soplo de vida es atreverse a dar una mirada diferente sobre nuestra propia realidad. Volver y contar la ciudad, sí, pero desde otro punto de vista: no el de ñeros y traquetos, de quienes se abusa hasta la asfixia al convertirlos en únicos héroes del imaginario colectivo, luego de los éxitos de Víctor Gaviria. Tampoco la mentirosa realidad de la locademia guerrillera.

 

Soplo de vida es la historia de unos seres de quienes sólo conocemos retacitos de sus pobres vidas, con los cuales los Ospina han tejido una gran colcha de retazos, colcha de pobre, al fin y al cabo, de este pobre país pobre.

 

Pero su mérito, además de ser una mirada diferente de lo mismo, es estar contada en términos cinematográficos: es utilizar con maestría y sabiduría las herramientas del oficio de hacer cine. Porque lo importante es que es cine, no sociología barata o populismo pornomiseria. Cine.

 

Por eso Soplo de vida es una bocanada de aire fresco al cine colombiano.

 

Soplo de vida Por Camila Loboguerrero
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