ORDALIA


Por Álvaro Restrepo Hernández

Magazín Dominical, El Espectador

 Bogotá, 1993

 

Hace un año falleció el pintor colombiano Lorenzo Jaramillo. Durante la época que antecedió a su muerte el artista plástico y el cineasta Luis Ospina trabajaron en Nuestra película, video sobre sus días finales.


“No he pintado seres monstruosos o fenomenales. Sólo he querido que estén ahí nuestras manos que se abren, nuestras piernas que se afirman, nuestras espaldas que se vuelven, nuestros sexos que nos agarran y nuestras cabezas que no nos pertenecen. En cuanto a estos hombres y mujeres, ¿quiénes podrán ser? ¿Nosotros, la gente que anda por la calle? Para alguien han sido los que pasan por los sueños, para otro, escuetamente, un taco de dinamita en el salón. Podrían ser más bien el grito porque parece que hay. siempre allí de algún modo, un grito que no nos deja.


Lorenzo Jaramillo

 

Varias semanas transcurrieron antes que decidiera acometer la tarea de escribir unas palabras sobre Nuestra película, el testimonio que el desaparecido Lorenzo Jaramillo y el cineasta Luis Ospina crearon en los largos meses de agonía que antecedieron la muerte del pintor.

 

Muchos son los caminos para acercarse a este río de esperanza, de fuerza creativa y de dolor que fue la vida de Lorenzo. A pesar de mi íntima e invulnerable amistad con su hermana Rosario y del sincero cariño y respeto que siento por sus padres, nunca fui su amigo. Es más, las veces que hablamos puedo casi que contarlas con los dedos de una mano. Sin embargo, a través de Rosario y de la compleja percepción que ella tenía y tiene de su hermano, pude conocer mucho de él, además de las claves que puede uno encontrar en su propia obra para intentar aproximarse y descifrar su espíritu.

 

Muchos son los caminos para acercarse a este río y Luis Ospina tomó el más esencial, el más sencillo y por ello el más profundo y revelador. Para mostrarnos el paisaje interior de un creador que se reconocía a sí mismo como tal, eligió el de los sentidos, y a través de estas ventanas, poros que nos revelan el mundo y lo procesan para convertirlo en materia prima para la creación y para la vida, nos lleva por la dimensión perceptiva y sensorial de uno de los pintores más contundentes, refinados y atrevidos de los últimos tiempos en el panorama artístico colombiano.

 

A pesar del profundo dramatismo y del dolor presentes en toda la película, Luis supo entregamos el retrato de un Lorenzo que. aunque gravemente enfermo y angustiado, era poseedor de un fino y agudo sentido del humor y de un acervo cultural, vivencial y humano envidiables. Toda sombra de patetismo o de morbosidad frente a la enfermedad se desvanece por la destreza y el lacio del cineasta, quien, en medio de la desolación y la desesperanza, logró crear un documento humano que conmueve y desgarra con honda sutileza y respeto. Respeto que sólo puede provenir de la verdadera compasión, en el sentido justo del verbo compadecer, es decir, padecer con el otro.

 

La vista. La luz, el color, la pintura, la belleza, el cine. el teatro, la danza, la fealdad, el vigor poético de la imagen, la sensualidad, la pasión exacerbada por exacerbar el espíritu visual del mundo... ¿Por qué, se pregunta uno incrédulo el primer sentido que atacó la enfermedad fue el de la vista? ¿Cuál es el significado ritual de su ceguera? ¿Por qué las sombras y las tinieblas para un alucinado del color? ¿Es que acaso su locura creativa ya lo había visto y devorado todo?

 

La intensidad con que Lorenzo "vio" el mundo es sólo comparable con su propia hambre de expresión. Hambre y sed nunca saciadas que se reflejan en sus figuras y colores impredecibles, arriesgados, torturados, excesivos.

 

¿Por qué sus ojos inmensos? ¿Por qué la luz? ¿Por qué el odio?

 

El olfato. "...hubiera querido haber nacido en un mundo sin olores...", dice Lorenzo en uno de los apartes de la película.

 

Era a través de este sentido con el que quizá Lorenzo percibía con mayor intensidad la miseria y la suciedad del mundo. En la India sufrió una crisis de asco. La anorexia y el miedo hicieron presa de él en ese mundo lejano y enigmático, al que fue, tal vez consciente del mal que empezaba a minar su cuerpo, en busca de otro tipo de respuestas o de preguntas para sobrellevar la ordalía (como él mismo llamaría a la enfermedad) que se avecinaba y que lo obligaría poco tiempo después a derrumbarse.

 

El oído. Al final de sus días, la música. la buena música que tanto había escuchado y amado, lo perturbaba, le robaba tiempo y espacio mental para oírse a si mismo, para captar el mundo que progresivamente se iba haciendo más difuso e impreciso, más remoto pero a la vez más real. Su oído. educado y alerta, se dedicó en los últimos meses a registrar la vida con la agudeza que sus ojos apagados le negaban.

 

El gusto. El "savoír vivre", la delicadeza y el refinamiento, el instinto natural e inculcado hacia las cosas bellas, el exceso y el sibaritismo, se expresaban en su vida, entre otras cosas, a través de su afición incontenible por la buena mesa. Sus amigos cuentan que Lorenzo, ante un apetitoso plato, se transfiguraba excitado por el placer y la pasión por probarlo y disfrutarlo todo.

 

El tacto. Sin duda, fue este sentido el que se lo llevó a otros sueños y a otros tiempos.

 

Es inevitable asociar el tacto con la piel, con el deseo, con el Eros. En el acto del amor, más que en ningún otro, intervienen todos los sentidos simultánea y concientemente, sintetizándose y confabulándose para someternos, distorsionamos, enloquecernos. La piel nos llama con voces seductoras y lúbricas que nos enceguecen, enardeciendo nuestra voluntad y nuestra razón.

 

No importa cuál haya sido la naturaleza de su deseo y el carácter de sus instintos, ya que es éste terreno inviolable y patrimonio exclusivo de cada ser humano. Lorenzo se entregó a ellos con la inocencia y perversidad con que lo hace un niño.

 

Niños heridos somos todos y ninguno como él.

 

Los sentidos nos afirman en la vida, pero a la vez son señuelos de delirio y de muerte.

 

Luis Ospína creó un poema audiovisual, íntimo, auténtico e insospechadamente universal. Un artista le presta sus ojos, su olfato, su lengua, su piel, su oído. a otro artista que ya se presiente mito en el recuerdo de quienes lo conocieron, para que nos hable del tránsito, de la ordalía, del sacrificio, de la rabia...

 

El mal que mató a Lorenzo es un mensaje cifrado, simbólico e ineludible. Así como lo es la hipocresía con que la sociedad le ha hecho frente, en esta primera década, luego de su aparición.

 

De nuevo una enfermedad de transmisión sexual, como en su época lo fue la sífilis, aparece para amenazar el acto más hermoso, profundo y misterioso de cuantos realiza el ser humano.

 

La dosis de dignidad que se requiere aún para morir de algo como el sida en una sociedad de múltiples y crueles filos y morales, es sólo comparable con el coraje que exige vivir en medio del engaño, el prodigio, el dolor, el placer y la angustia de estar vivos.

 

Nuestra película es un homenaje a esa dignidad, a la de Lorenzo, a la de sus padres, a la de su hermana y a la de todos aquellos que pensamos que toda muerte, por más convencional que ésta sea, es una tragedia irreparable y prodigiosamente simple.

 

Amo la existencia y su límite.

Gonzalo Arango

 

Ordalía, tránsito, umbral, muerte definitiva y total.

 

Pocos días antes de su deceso, estuve visitando a Lorenzo en la clínica. Rosario me pidió que me quedara con él mientras ella salía un momento. Fueron casi dos horas... eternas. Lorenzo ya estaba en otro nivel de conciencia... en otro anillo de la espiral. Lo contemplé largamente en silencio, sobrecogido y a la vez anegado de rabia y de preguntas.

 

Vino a mi memoria el Mesías asesinado (Cristo ín scruto) de Mantegna o el San Sebastián de Guido Reni o el del mismo Mantegna... pero sobre todo el tremendo "Cadáver de Cristo en el sepulcro" de Hans Holbein, el joven.

 

Ante este último cuadro, uno de los personajes de El idiota, de Dostoievski, el príncipe Myshkin exclama: "¡Este cuadro!... ¡Este cuadro! ¿Pero no sabes que al mirarlo un creyente puede perder la fe?

 

Una sensación similar me invadió durante esas dos horas de meditación y soledad frente al cuerpo casi exangüe de Lorenzo... Sacrificio, sacrificio por el arte, por la pasión, por el instinto. por la razón. Viaje irreversible hacia el silencio.

 

Sin embargo, las voces interiores de Lorenzo, sus formas y colores brutales, la impronta indeleble que dejó en quienes lo conocieron y compartieron perviven y sobreviven porque el arte nos sirve además para seguir luchando y vibrando más allá del Destierro.

 

Luis Ospina realizó con valor su cometido. Su ojo certero y sobrio nos supo guiar, como el Stalker de Tarkovsky, por las regiones temibles del deseo y de la sangre, del dolor y de la fuerza.


 

Ordalía Por Álvaro Restrepo Hernández
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