NUESTRA PELÍCULA

 

Por Eduardo Arias

Revista Cambio 16 

 No. 27, Bogotá, 1993


El cineasta Luis Ospina entrevistó al pintor Lorenzo Jaramillo poco antes de morir. El resultado no es un documental más sobre la vida y obra de un pintor sino una pequeña obra maestra del video.


A primera vista es una historia entre dos personajes claramente definidos. El entrevistado se llama Lorenzo Jaramillo, pintor. El entrevistador es Luis Ospina, cineasta. Sin embargo, en esta historia de hora y media de video también desempeñan su papel Rosario, actriz y hermana de Lorenzo, y el camarógrafo Rodrigo Lalinde, cada uno en lo suyo. Completan el fresco los testimonios de quienes conocieron a Lorenzo Jaramillo, los que trabajaron con él y las imágenes que utiliza el director para reforzar las evocaciones del artista: pinturas y dibujos, paisajes de la vida de Jaramillo, escenas de algunas de las películas que tanto le gustaron. Una historia muy bien contada que terminó siendo Nuestra película. Ospina, oculto detrás de la cámara y de su tímido silencio, termina siendo un espectador más. Claro, un espectador privilegiado, porque, cuando llegó su tumo, le dio forma, movimiento, ritmo e intensidad a lo que, en principio, no era más que el monólogo lento y esforzado de un hombre enfermo que quería hablar por última vez y decir de una vez por todas todo lo que tenía que decir.

 

Aunque no eran amigos, Luis Ospina y Lorenzo Jaramillo se habían conocido en París a través de Rosario. Concertaron una cita y aquella tarde hablaron de películas, directores y actores, sin saber que el cine los involucraría más adelante en un proyecto común. Algunos meses después del primer encuentro, y luego de un viaje a la India en el que se enfermó, Lorenzo Jaramillo se hizo el examen del sida y resultó positivo. Regresó a Colombia, a la casa de sus padres, el historiador Jaime Jaramillo Uribe y su esposa Yolanda. Comenzó a dictar clases en la Escuela de Arte de la Universidad de los Andes. Habían terminado cinco años de vacaciones creativas en París.

 

«Lorenzo conoció por primera vez la obra de Poncho (por Luis Ospina) cuando le pidió una copia de su documental sobre Andrés Caicedo para mostrárselo a sus alumnos», recuerda Rosario Jaramillo. Cuando ella supo que su hermano estaba gravemente enfermo, tuvo la idea de hacer una película. Rosario conocía un documental acerca de los últimos días del fotógrafo underground Mapplethorpe, basado en fotos que él mismo se tomó a lo largo de su enfermedad. «En la última foto aparece en una silla de ruedas con un sombrero y una calavera de plata». Le comentó su idea a Luis Ospina y el proyecto comenzó a tomar forma.

 

Luis Ospina, director del largometraje Pura sangre y uno de los integrantes de esa escuela de cine que algún intrépido osó llamar «Caliwood» (Ospina prefiere referirse más bien al Sindicato de Cineastas Colombianos «Sincinco»), ya tenia cierta experiencia en este género. Había realizado Andrés Caicedo: Unos pocos buenos amigos y Antonio María Valencia: Música en cámara, aproximaciones a la vida y la obra de estos dos artistas.

 

Además, él conocía otros ejemplos acerca de este tipo de trabajos realizados por cineastas de la talla de Wim Wenders, y de las cuales tuvo oportunidad de hablar con Lorenzo Jaramillo que, además de pintor, era un cinéfilo de tiempo completo, hasta el punto que obligaba a sus alumnos de arte en Los Andes a ver mucho cine. Durante un mes, Rosario tuvo metida la idea entre pecho y espalda. «Un día, en la sala de espera de un consultorio médico, le comenté la idea a Lorenzo y él me confesó que, muy en su interior, había tenido ese deseo».

 

Antes de que comenzara oficialmente el rodaje, Ospina, quien se encontraba de viaje, le pidió a Rodrigo Lalinde que grabara algunas tomas de Lorenzo Jaramillo en el coctel de inauguración de su última exposición, en octubre de 1991. Ospina y Lorenzo Jaramillo se reunieron para discutir cómo sería lo que, desde entonces, comenzaron a llamar Nuestra película. Acordaron trabajar sin guión, sin argumento preestablecido, y teniendo como única base sus conversaciones con el pintor. Lorenzo Jaramillo no quería que se hiciera una semblanza acerca de su

obra o su evolución pictórica. «Más que un diálogo, decidimos que él hablaba y yo me encargaba de interrumpirlo», señala Luis Ospina. Rosario considera que fue una lástima que no hubieran grabado la primera sesión, pues entonces Lorenzo Jaramillo todavía veía.

 

Ospina se armó de una cámara de video Hi 8, una sola luz y Rodrigo Lalinde un camarógrafo muy experimentado. Fueron necesarias cuatro sesiones para grabar el lento y esforzado monólogo de un artista que comenzaba a quedarse ciego y a hacer el balance de una vida muy intensa. Las tres primeras sesiones las hicieron en la casa de Lorenzo Jaramillo, en el barrio Antiguo Country de Bogotá. La última sesión la realizaron en la clínica- «Sólo utilicé material de las tres primeras, señala. En total grabamos siete horas de conversación con Lorenzo».

 

Rosario Jaramillo recuerda que estas fueron unas sesiones muy íntimas. No le mostraban el material a nadie, no consultaban a nadie. Eran ellos dos y Rodrigo Lalinde, el camarógrafo que tuvo entera libertad y autonomía.

 

Ospina entrevistó a Lorenzo Jaramillo en diciembre de 1991. (El artista murió en febrero de 1992). Luego viajó a París para obtener imágenes de apoyo y las entrevistas que necesitaba para darle más forma a Nuestra película. Con este material Ospina realizó su documental de 96 minutos de duración, del cual

existen dos versiones para televisión: una de 50 minutos (la que transmitió Audiovisuales el pasado 15 de noviembre enfrentado a la coronación de la Señorita Colombia) y otra de tres capítulos de 25 minutos cada uno.

 

Fueron casi dos años de trabajo. «Cada vez que había plata trabajaba en la película», señala Ospina. Tuvo mucho tiempo para revisar una y otra vez el material y encontrarle una estructura a algo que, en principio, se veía incoherente y desarticulado. «Descubrí que la mejor manera de organizar el material era dividiéndolo en cinco grandes partes: la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto».

 

Aunque la película estremece a quienes conocieron al pintor (no resulta fácil aceptar que una persona tan vital como Lorenzo Jaramillo aparezca en una cama o en un sofá haciendo esfuerzos casi sobrehumanos para hablar y completar una idea), está muy lejos de ser patética.

 

Tampoco es un ejercicio de autocompasión ni un grito desesperado contra la muerte. Todo lo contrario. Es un homenaje a una vida muy intensa y dedicada a gozar la cultura, a mirarla con cierto humor e ironía, a recrearla cada día y en cada momento de su existencia. «Fue importantísimo hacer el documental, manifiesta Rosario. Además, quienes lo ven salen estimulados, con ganas de vivir la vida, la cultura y el arte». Ese es tal vez el gran mérito de este trabajo. Luis Ospina logró convertir una charla con un enfermo terminal en un collage de vivencias, recuerdos, opiniones y sueños que invitan a pensar en todo menos en la muerte.

 

Las entrevistas que realizó en París (con el pintor Luis Caballero y algunos de los amigos de Lorenzo), y en Bogotá con el director de teatro Ricardo Camacho, el fotógrafo Hernán Díaz, el pintor Antonio Roda y el critico de arte Germán Rubiano, ayudan a dibujar las distintas facetas del artista. Camacho ofrece un testimonio del diseñador de vestuario y escenógrafo capaz de llegar con una idea en la cabeza, sin dibujos ni maquetas, y que luego se encargaba él mismo, pincel en mano, de transformar en una escenografía. Luis Caballero habla del pintor y del gran dibujante que era Jaramillo, y de cómo sus múltiples intereses le impidieron haber sido un pintor aún mejor. Incluso, Caballero desmiente a quienes acusaban a Jaramillo de haberlo copiado a él. «Fui yo quien lo copié a él. Yo no sé si él habría copiado a alguien. Como él era el que conocía todo el mundo y yo no...». Teresa Wagner, su amiga de París, evoca las extenuantes jornadas en las que veían cinco o seis películas seguidas.

 

Las referencias musicales y los fragmentos de películas de las cuales habla Lorenzo Jaramillo le dan mucha fuerza al documental, lo mismo que un video de Lorenzo en 1990, donde aparece con toda su vitalidad. Rosario lee fragmentos de sus cartas, que revelan otra faceta de Lorenzo Jaramillo: la del escritor capaz de lograr descripciones proustianas a partir de una velada con los amigos.

 

Ospina utilizó muy pocos trucos, algunos de ellos fruto del azar, como unas imágenes del jardín de la casa de los Jaramillos tomadas cuando la cámara estaba mal de baterías, o las de las obras de arte que exhiben en video en el Centro Georges Pompidou de París y que aparecen con líneas e interferencias por estar proyectadas en otro sistema. Para Luis Ospina estas escenas tienen una gran carga simbólica pues reflejan la pérdida de la visión de Lorenzo. «Jugué mucho con los blancos y negros y el color para evocar el pasado y el presente».Al final, la escena se parte en dos: Luis Ospina, a todo color, escucha por última vez a Lorenzo, sentado en un sillón y en blanco y negro.

 

La película fue hecha con las uñas. Ospina recogió fondos entre amigos y familiares del pintor. «Me gusta mucho trabajar con un equipo mínimo sin cables ni gente pidiendo tintos y sin almuerzos en cajas de cartón. Además, era necesario mantener un marco de intimidad que no se hubiera logrado con un equipo de producción entrando y saliendo en todo momento de la casa de los Jaramillo».

 

Nuestra película, según la definición del escritor y crítico Sandro Romero Rey, es «una canción de cuna para un moribundo». Es el testimonio final y reposado de un artista muy lúcido que, poco antes de morir, descubre que dejó una obra que «no está nada mal».

 

Nuestra película Por Eduardo Arias
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