Vallejo tiene algo de culebrero paisa


Por Luis Fernando Afanador

 

 

La gente sólo conoce el aspecto provocador de Fernando Vallejo: sus declaraciones en contra de grandes personalidades, sus duras críticas a los colombianos, su pesimismo visceral. Pero, además de esta faceta, existen desde luego otras: alguien frágil y tímido, que ama a los animales y siente un profundo dolor por su tierra. Mostrar una persona mucho más compleja e interesante es uno de los méritos del retrato que de él hace Luis Ospina en La desazón suprema, una película que ha tenido opiniones muy favorables de quienes la han visto.

 

¿Por qué se interesó en hacer un documental sobre Fernando Vallejo?


Yo comencé a leer a Vallejo apenas salieron los dos primeros libros de El río del tiempo; Los días azules y El fuego secreto. Me sorprendió leer a este escritor porque escribía con odio, escribía sobre cine, sobre Colombia. Además, era un misterio para mí; ni siquiera salía su foto en los libros. Después vi una proyección privada de sus películas –cuando estaban prohibidas- y me siguió interesando el personaje. Cada vez que salía un libro suyo lo iba leyendo hasta que en una reunión social alguien me dijo: el que está recostado allá es Fernando Vallejo. Me le acerqué y fue muy amable conmigo.

 

¿Una persona distinta a la que había leído?


Sí, yo esperaba encontrar al ogro energúmeno que todo el mundo se imagina.

 

¿Y eso lo sorprendió?


Eso me impactó. Sobre todo el tono de la voz, su timidez -sus libros no son nada tímidos-. Se da uno cuenta que hay una diferencia entre Fernando Vallejo, el escritor, y Fernando Vallejo, el personaje.

 

Y en realidad, ¿cómo es ese personaje?


Me encontré con una persona que tenía conocimientos de muchas cosas y con la cual se podía hablar de música, de cine, de cocina, de física, de biología. Y eso se fue volviendo como un eterno diálogo entre los dos, porque a él casi no le gustan las entrevistas; las entrevistas fueron casi lo último que filmé. Preferí filmar las cosas que yo veía que pasaban en su casa -estuve allí 20 días-.

 

¿Un “retrato incesante”, como se subtitula el documental?


Le puse incesante porque él muestra una faceta y la rechaza; muestra otra... la rechaza, y así se va renovando continuamente el retrato. Por eso la película está estructurada de esa forma. Es como un libro: un prólogo, con su epígrafe, y 9 capítulos alrededor de un tema, también con sus epígrafes.

 

Hay escenas en las que se ve que Vallejo goza con sus provocaciones, como un niño terrible.


Sí, el es el niño que comienza y termina El río del tiempo: el que se da golpes en la baldosa porque el mundo no se acomoda a su parecer. Vallejo todavía conserva cosas de niño y las cosas de la niñez son las que más le duele recordar. Por ejemplo, cuando en la película esta leyendo esa parte sobre su ida a Bombay y comienza a llorar.

 

Otra cosa que uno descubre viendo su película es el profundo amor de Vallejo a Colombia.


El siempre dice: “porque te quiero te aporrio”. Me di cuenta que él no siente odio por Colombia sino profundo dolor. Por una Colombia que perdió y que todos hemos venido perdiendo: la de nuestra infancia, la de las fincas, la de la familia. La que se derrumbó a causa de la política y el narcotráfico.

 

Parece alguien que sólo quisiera vivir acá.


Él nunca ha salido de Colombia en su cabeza. Nunca se vinculó a la intelectualidad mexicana, no participó en nada allá. Vive solo pensando en Colombia. Cada vez que le llevaba arepas antioqueñas, para él era la cosa más maravillosa del mundo.

 

¿No le parece que la seducción de Vallejo reside en decir las cosas crudamente en un país en el que no se dice la verdad?


Vallejo es como esos orates que gritan en la calle: nadie les para bolas y a veces están diciendo la verdad. Tiene algo de culebrero paisa. Mucha gente me ha dicho, después de ver la película, que es un culebrero. De cualquier manera, su valor es que dice las cosas que la gente piensa pero que le da miedo decir.

 

 

Bodega. Entrevistas

Revista Ocho y Medio

Confesión: Luis Ospina-

Director de la “Desazón suprema”

2003

 

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